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🎭 Víctima o protagonista: el rol que defines en cada situación

Cuando culpas a otro le estás dando poder sobre tu destino. Cada vez que algo sale mal, hay una elección silenciosa que define quién sos: alguien que espera que el mundo cambie, o alguien que decide cambiar lo que puede.
🎭 Víctima o protagonista: el rol que defines en cada situación

📋 Contenido

  • La lapicera y la gravedad
  • Dos formas de leer la misma realidad
  • Por qué el cerebro elige ser víctima
  • El precio de la inocencia
  • Cómo habla un protagonista
  • Del equipo al liderazgo consciente
  • Reflexiones finales

🖊️ La lapicera y la gravedad

En sus seminarios, el PhD en economía y consultor Fred Kofman suele hacer un experimento simple. Toma una lapicera, la deja caer al suelo y pregunta a su audiencia: "¿Por qué cayó?"

La respuesta más frecuente es "por la gravedad". Y es correcta. Pero Kofman señala algo que pocas veces consideramos: aunque la gravedad sea una explicación verdadera, es una explicación que nos deja sin poder. Mientras la gravedad exista, la lapicera siempre caerá, y nosotros no podremos hacer nada al respecto.

En cambio, si decimos "la soltaste", algo cambia. Aparece un actor. Aparece una decisión. Y con ella, la posibilidad de actuar diferente la próxima vez.

Este pequeño ejemplo captura una de las ideas más poderosas: la diferencia entre explicaciones que nos quitan poder y explicaciones que nos lo devuelven. No es una cuestión de verdad o mentira. Ambas explicaciones pueden ser ciertas. La pregunta es cuál de ellas te pone en el asiento del conductor de tu propia vida.

Ese es el punto de partida del trabajo de Kofman, desarrollado en su libro La Empresa Consciente y en décadas de seminarios y consultorías con organizaciones de todo el mundo. Y es también el punto de partida de este artículo.

🎭 Dos formas de leer la misma realidad

Ante cualquier situación difícil —un proyecto que sale mal, un conflicto con un colega, una decisión que no depende de nosotros— existe una bifurcación. Dos caminos. Dos personajes posibles.

La víctima presta atención a los factores sobre los cuales no puede influir. Se percibe a sí misma como alguien que sufre las consecuencias de circunstancias externas. Cuando algo sale mal, busca a quién culpar. Al no incluirse en el problema, tampoco puede incluirse en la solución. Kofman lo describe con una imagen que me resultó poderosa: la víctima está en la tribuna, no en el campo de juego. Puede criticar a los jugadores, al entrenador, al árbitro y al clima, pero nunca puede influir en el marcador.

El protagonista, en cambio, presta atención a los factores sobre los que sí puede influir. No niega que existen fuerzas externas que no controla, pero elige concentrarse en lo que sí está en sus manos. Comprende que si sufrió las consecuencias de algo, tiene responsabilidad sobre cómo responde. No porque sea culpable de todo lo que le pasa, sino porque es el único que puede hacer algo al respecto.

La distinción es sutil pero decisiva. La víctima y el protagonista pueden estar mirando exactamente la misma situación y leerla de formas radicalmente distintas. Los hechos no cambian. Lo que cambia es el relato. Y ese relato determina qué acciones ven posibles, qué conversaciones están dispuestos a tener, y qué tipo de persona deciden ser.

Es importante en este punto dejar algo claro: nadie es puramente víctima o puramente protagonista. Son arquetipos, dos polos de una tensión que todos vivimos. La misma persona puede ser protagonista en el trabajo y víctima perfecta en su casa. Lo interesante no es juzgarse, sino reconocer en qué situaciones se activa cada modo.

🧠 Por qué el cerebro elige ser víctima

Si el rol del protagonista es más efectivo, ¿por qué tantas personas —incluidos nosotros mismos en ciertos momentos— eligen el de la víctima?

La respuesta no es pereza ni mala fe. Es algo más profundo: ser víctima tiene beneficios reales, aunque sean costosos a largo plazo.

El principal es la protección de la autoestima. Cuando algo sale mal, declararse inocente evita el dolor de la autocrítica. Si el proyecto fracasó por culpa del equipo, de la economía o del cliente que cambió de opinión, nuestra imagen queda intacta. La culpa es un escudo que muchos aprendimos a levantar desde muy temprano.

Los niños descubren rápido que si pueden adjudicar el problema a una causa externa, su responsabilidad se reduce. "El jugo se derramó" (no lo derramé yo). "El juguete se rompió" (no lo rompí yo). La que más disfruto es cuando preguntas “¿Por qué pegaste a tu hermano?” y responde “Porque me dijo feo” o algo por el estilo. Como si pegarle fuese algo obligado ante el hecho, una acción refleja ante el estímulo y no una decisión conciente. Esas mismas frases las repetimos de adultos, con palabras más sofisticadas quizás, pero la lógica es exactamente la misma.

Existe además una razón neurológica que complementa esto. El cerebro prefiere lo familiar a lo bueno. Permanecer en el rol de víctima, aunque sea incómodo, es conocido. Asumir responsabilidad implica enfrentar incertidumbre: ¿qué pasa si hago algo y tampoco funciona? ¿Qué pasa si tomo el control y igual pierdo? El miedo al fracaso activo es mayor que el dolor del fracaso pasivo. La víctima al menos no pierde: simplemente no jugó.

Y hay un tercer factor, social. Cuando contamos nuestra historia de víctima, muchas personas nos ofrecen exactamente lo que buscamos: empatía, validación, indignación compartida. "No puedo creer que te hayan hecho eso", "Es totalmente injusto", "Merecés algo mucho mejor". Kofman llama a esto un chaleco de plomo: parece apoyo, pero hunde más al otro en su historia. Un amigo verdadero no alimenta la impotencia, aunque en el corto plazo eso sea lo que más reconforta.

💰 El precio de la inocencia

El problema del rol de víctima no es moral —no se trata de ser buena o mala persona— sino práctico: tiene un costo enorme.

Kofman lo resume con una frase redonda: "El precio de la inocencia es la impotencia." Al no ser parte del problema, la víctima tampoco puede ser parte de la solución. Queda atrapada esperando que otros cambien, que el mundo sea más justo, que las personas que crearon el problema lo resuelvan. Esa espera, muchas veces, es indefinida.

En el mundo laboral esto se ve constantemente. Kofman presenta el caso de Esteban, un ejecutivo de ventas que descubrió que Recursos Humanos había programado las vacaciones de su equipo en febrero, el mes de mayor actividad comercial del año. Esteban estaba furioso: "¿Cómo se atreven? ¡No consultaron conmigo!"

Cuando Kofman le preguntó a quién se debía el problema, Esteban respondió sin dudar: "A ellos." Pero cuando le preguntó quién sufría las consecuencias, la respuesta fue: "Yo." Y ahí estaba la trampa. Si Esteban era quien sufría, Esteban era quien tenía el problema. Y si lo era, solo él podía resolverlo, sin importar quién lo había causado.

La vida no es justa. Si esperás que las personas que causaron tu problema sean las mismas que lo resuelvan, probablemente esperes mucho tiempo. Esto no es resignación ni conformismo: es una lectura lúcida de cómo funciona la realidad. Asumir que sos parte de la solución, aunque no hayas sido parte del problema, no es injusto. Es poder.

En el contexto de los proyectos, esto es especialmente relevante. Los equipos que cultivan una cultura de víctimas se paralizan. Cada área culpa a la otra. Ventas culpa a operaciones por no cumplir; operaciones culpa a ventas por prometer lo imposible. El marketing culpa al producto; el producto culpa al cliente. Todos tienen razón en algo. Y nadie avanza.

🗣️ Cómo habla un protagonista

Una de las herramientas más concretas que propone Kofman es prestar atención al lenguaje. El modo en que relatamos las situaciones no solo describe nuestra postura: la construye.

El lenguaje de la víctima evita la primera persona y prefiere causas externas: "Me hicieron", "No tuve opción", "Tuve que", "Es imposible", "El teléfono sonó y tuve que atender." Nótese esa última frase: nadie tiene que atender un teléfono. Elige hacerlo porque en ese momento le parece más conveniente que continuar la conversación que está teniendo. Pero admitirlo sería incómodo. Es más fácil culpar al teléfono. (Quizás fue el niño que tuvo que pegar de unos párrafos atrás.)

El lenguaje del protagonista, en cambio, incluye al hablante como actor: "No hice una copia del archivo", "No anticipé ese riesgo", "Elegí quedarme en la reunión anterior", "Decidí no decírselo a tiempo." No se trata de flagelarse ni de asumir culpas ajenas. Se trata de reconocer qué parte de la situación estuvo en mis manos, porque solo desde ahí puedo actuar.

Kofman propone un ejercicio revelador: ante cualquier conflicto, respondé primero las preguntas de la víctima —¿quién te perjudicó?, ¿qué deberían haber hecho?, ¿qué merecen como castigo?— y luego las del protagonista: ¿de qué manera contribuí a crear esta situación?, ¿qué podría haber hecho diferente?, ¿qué puedo hacer ahora? Los hechos son los mismos. Pero el segundo relato abre puertas que el primero cierra.

🏢 Del equipo al liderazgo consciente

Todo lo anterior tiene una dimensión individual —cómo me paro yo ante las circunstancias— pero también una dimensión colectiva que me parece especialmente importante para quienes lideran proyectos y equipos.

Las culturas organizacionales pueden volverse adictas a la victimización. Y cuando eso ocurre, las organizaciones recompensan a quienes proclaman su inocencia y castigan a quienes asumen su responsabilidad. Es una trampa peligrosa. La persona que dice "no fue mi culpa" queda a salvo de la crítica. La que dice "yo podría haberlo evitado" queda expuesta. En ese ambiente, el protagonismo se convierte en algo arriesgado, y todos aprenden a cubrirse.

Kofman habla del líder consciente como alguien que va más allá de ser un ejemplo personal de protagonismo. Su tarea es rediseñar el contexto: hacer más fácil ser protagonista y más difícil instalarse como víctima. Esto se traduce en decisiones concretas: a quién contratan, a quién promueven, cómo dan feedback, qué celebran cuando algo sale bien y qué preguntan cuando algo sale mal.

La pregunta que un líder consciente hace cuando hay un error no es "¿quién tuvo la culpa?", sino "¿qué contribuyó a que esto pasara y qué podemos mejorar?" Es un cambio pequeño en la formulación. Es un cambio enorme en la cultura.

Viktor Frankl, sobreviviente de Auschwitz y padre de la logoterapia, llegó a una conclusión interesante: incluso en las condiciones más atroces —donde prácticamente todo el control externo había sido arrebatado— los prisioneros que conservaban algo en su interior que nadie podía quitarles eran los que mejor lograban preservar su dignidad. Ese algo era la capacidad de elegir cómo responder a lo que les tocaba vivir. No el control sobre las circunstancias, sino el control sobre la propia respuesta.

Frankl lo formuló con una ecuación que llevo conmigo: todo aquel que tiene un "para qué" puede tolerar casi todos los "cómo". El protagonista no es el que tiene el camino despejado. Es el que, aun en medio de la tormenta, sigue siendo capitán de su propio barco.

🤔 Reflexiones finales

Kofman cierra una de sus conferencias con la imagen de un cachorro de león criado entre ovejas. Nació entre ellas, aprendió a caminar, comer y balar como ellas. Aprendió también a quejarse y a culpar al mundo de su infortunio, como hacen las ovejas. Hasta que un día un león adulto lo llevó frente a un lago, lo obligó a ver su propio reflejo y le dijo: "No sos una oveja. Sos un león."

Creo que muchos de nosotros vivimos, en cierta medida, como ese cachorro. No porque seamos débiles, sino porque nadie nos mostró el reflejo. Aprendimos que declararse inocente protege, que culpar a otros une, que la queja genera compasión. Y esas lecciones tienen mucho poder.

Pero también creo que en el fondo sabemos la diferencia. Sabemos cuándo estamos eligiendo la tribuna y cuándo estamos en el campo. Sabemos cuándo estamos explicando y cuándo estamos evadiendo. Y esa conciencia —aunque incomoda— es el primer paso.

No se trata de negar que el mundo es injusto, porque a veces lo es. No se trata de asumir culpas que no nos corresponden, porque hay situaciones donde genuinamente no tuvimos ningún control. Se trata de hacerse la pregunta correcta: dada esta realidad que tengo delante, ¿qué elijo hacer con ella?

Cuando culpás a otro, le das poder sobre tu destino. Cuando asumís tu parte, lo recuperás.

Quizás ser protagonista no sea lo más cómodo — requiere sinceridad con uno mismo y valentía — pero es lo más libre. Ser protagonistas nos libera de la esclavitud de las circunstancias, retomando el control. Eso es un paso hacia una vida un poco más consciente y potencialmente más feliz.

🏁 Resumen

La diferencia entre víctima y protagonista no está en los hechos, sino en cómo los relatamos. La víctima busca causas externas, se declara inocente y pierde capacidad de acción. El protagonista identifica su contribución al problema, aunque no sea el único responsable, y desde ahí actúa.

Ser víctima tiene beneficios reales a corto plazo: protege la autoestima, genera empatía y evita el riesgo de intentar y fallar. Pero su precio es la impotencia: quien no forma parte del problema no puede formar parte de la solución.

El lenguaje es una palanca concreta: las palabras que usamos para describir las situaciones construyen —o limitan— las acciones que consideramos posibles.